jueves 17 de abril de 2008

Os voy a contar una historisa. part I

Os voy a contar una historia, un cuento. Quisiera que este cuento no tuviera dolor, que, aunque las protagonistas lo sean, nos es el típico cuento de hadas. Empieza en Katmandú, ciudad de la cual me enamoré hace ya muchos años y donde me enamoré de la más bella princesa que el universo tenia para regalar. Estamos en el siglo 21, XXI siglos después del nacimiento de aquel que sería llamado de el Salvador, XXVI siglos después del que enseño la compasión llamado el Despierto. No puedo dejar de pensar en la ironía de este cuento ya que empiezo a hablar de amor y de compasión. Una era en que nuestros niños juegan con consolas de engeño humano y se visten con firmas de hombres ricos. Donde se muere de exagerada nutrición y de soledad. Un mundo de contrastes, contradicciones, de sentimientos conceptuales y no verdaderos.

Esta Katmandú es una capital de uno de los reinos del Himalaya, Nepal. El Rey, que por envidia y sed de poder mató a toda su familia, once personas, y doscientos testigos del fratricidio. ¿Versión oficial? Su arma exploto y 11 trozos fríos de sentimientos destructivos acabaran con aquellos que lo amaban aunque sabiendo sus intenciones.

Antes de ser autoproclamado rey si alguien moría asesinado seria noticia en todos los periódicos. El monarca no solo mató el padre de todos los nepalís pero mato también el propio pueblo. Mató esperanzas, mató la ingenuidad. El pueblo entro en una era negra y de infinita tristeza. Aquel que era uno de los países más seguros, donde los mayores eran respectados y donde hasta los infames ladrones no se atrevían a robar aquel que tuviera la cabeza nevada como las montañas de los himalayas se transformo en un infierno dantesco. No se hablaba de violaciones y por todos lados había sonrisas y flores. Las águilas percorrian los cielos orgullosas y altivas. Ahora parece que vuelan con vergüenza.

Pero el Rey se olvido de matar una mujer, la protagonista principal de mi pequeña historia. Tuve de esperar años para conocerla. Se llama Dil Shova Shrestha. Alguien que heredó la nobleza, la integridad, la generosidad y la fuerza de su tierra. Los nombres de quien salvó no me acuerdo, para mi vergüenza. Ella con su brillo me los hizo olvidar.


Me la presentó otra mujer, criticada por cantar como el ruiseñor, cuya voz hace elevar corazones y nos acuerda nuestra humanidad perdida en la futilidad. Me mira fondo en los ojos mientras bebemos un té salado tibetano, rodeados de sus bonsáis que, creo, se alimentan de su presencia. De sonrisa fácil y dos soles negros como ojos y alegría contagiante, ella es Ani Choying Dolma. Tiene el nombre de una de las lágrimas del Buda de la compasión.

Después de le presentar nuestro proyecto humanitario, me invitó a ir a visitar la Sra. Shrestha. Me conduzco en su todo-terreno negro. Atrás, en el maletero de su coche estaba una máquina de lavar ropa que, como no le hacía falta llevaba para regalar. Me dijo “sabes gustavo (escribo mi nombre en minúsculas porque no creo que cerca de estas mujeres maravillosas me merezco la mas mínima distinción) como ella lava a mano toda la ropa de los ancianos, y muchos sufren de incontinencia, le doy mi lavadora. Por favor no les digas que los vas a ayudar. Si después no lo haces eso les criaría falsas esperanzas. A ella y a todos los señores mayores.” Me mantuve callado todo el tiempo pensando que me esperaría. Pasado poco tiempo llego a un sitio llamado Rabi Boban. Salimos del coche y miro en la misma dirección que mi guía. De pronto veo una mujer bajita vestida de azul y corriendo hacia nosotros. A mí no me hizo grande caso, poco más que un “namaste” y una sonrisa maravillosa. Salió corriendo en busca de un portador para la pesada lavadora. Por momentos pensé en llevarla yo pero no quería que pensara que era muy prestable. No sabía que me esperaba. La sigo por una calle sucia y estrecha hasta un edificio viejo con un cartel que no entendía en la puerta. Así que entro abrimos una puerta a nuestra izquierda mientras la minúscula mujer se dirige corriendo hacia el sitio donde la lavadora debería estar. En esa habitación un hombre, el único, que dormía se levanto de pronto. El olor fuerte a orina amenazo mi estomago débil. Este hombre se dirige a la monja en un ingles perfecto. Después supe su historia. Era un hombre millonario, engañado por su mejor amigo y dejado en la calle sin nada. Sus formas denuncian su anterior vivencia de quien vivió en la opulencia y después fue rescatado por una monja. Tenía un trozo de papel contando su historia y agradeciendo a la monja. Contaba en esa nota que estaba tirado en la calle conviviendo con sus propios excrementos y pis. Amenazado por perros y hombres de mala voluntad que no desean ver la miseria porque podría debilitar sus corazones blindados. Y que un día un coche negro parara y de dentro salió un ángel que le dio dinero y se preocupo por él. Hacía años que nadie le dirigía la palabra y que su comida era la que compartía con perros agresivos y ratas hambrientas.

No quiso dar su nombre por vergüenza de haberlo perdido todo. Pedía apenas que la Ani le diera pescado para comer por la noche y un “hotdog”. La verdad es que le pidió una tshirt negra unos pantalones negros y unos zapatos del tamaño 41 no muy apretados del color, también, del corazón de aquellos que le han quitado todo. No quise que sintiera ningún tipo de pena de mi parte y mi relación con el fue cordial. Temía el peor, temía que se creyera que le podría ayudar pero en mi corazón sabia que el pescado sería algo que mi pequeña economía podría realizar. Ese pequeño sueño, un poco de pescado al curry. Sé que tengo un corazón de piedra o como digo yo de iceberg en estas situaciones y no denuncié el horror que sentí. ¿Sabéis porque es el único hombre de toda la casa? Porque el padre de Ani se ha muerto hace dos años y él le hacía recordar ese hombre duro pero que ella amaba tanto. Salimos de esa habitación para ir ver el resto. Todo daba pena. Las instalaciones, las camas solo con una madera y sin colchón, el olor.

1 comentarios:

Luisa dijo...

Gracias por todo lo que estoy aprendiendo atraves de tanta gente que esta abriendo mi corazón,sobre todo a tí, mi buen y gran amigo Gustavo. Gracias por existir. Gracias por hacerme tan y tan feliz. Gracias por ayudarnos a realizar este maravilloso sueño y hacerlo realidad, poder ayudar a estas niñas y ancianas es nuestro mayor deseo y felicidad.
La mejor manera de crecer es rodearse de personas tan buenas y con tan buen corazón, no importa el dinero, la raza, la religión, tan solo importa aquello que cada uno lleva en su interior, su bondad, su amor, su compasión y su generosidad, como el de estas Sras. Ani,y Shrestha que lo estan dando todo, entregan todo su amor, comprensión y cariño a estas pobres ancianas.¿Cuanto hemos de aprender de ellas? ¡Cómo las admiro !!!.
Gracias Gustavo por abrirnos nuestros ojos con todas tus sabias enseñanzas. Por esto y muchas cosas más gracias. Os quiero a tí y a todas las personas que están aqui en Nepal, ayudando en este proyecto, y a todas las personas que desde aqui están colaborando al máximo, os quiero.